cuando llegué a Alemania....
Este será mi sexto invierno en Alemania, en los casi 7 años que llevo aquí, y cada invierno se hace más difícil. Mi primer invierno lo esperé con ganas, el cambio de estaciones, la primera nieve, caminar por la calle temprano en la mañana, cuando aun nadie ha pisado la nieve es una experiencia única. Pero a medida que pasa el tiempo, los días tan cortos, la cantidad de ropa que hay que llevar encima, se vuelve más pesado y me doy cuenta como esto influye en el animo y comprendo plenamente el porque los alemanes o quienes vivimos aquí tenemos caras tan largas en el metro, y todo se vuelve menos amigable. Y comprendo porque los alemanes huyen a Mallorca o porque A. nunca se quejo del calor en Santa Cruz. Cuando estuve hace poco en Buenos Aires y Santa Cruz disfruté tanto del calor, sentarme en la plaza en la tarde y dejar que el calor me llene y llevar un vestido tan ligero que cualquier brisa lo levanta. Sin embargo hoy, aquí, ya tuve que sacar mi chamarra de invierno, ponerme una falda de lana, medias gruesas, botas, guantes, chompa, bufandas, y esto es apenas el comienzo. Saco a Fermin a pasear a las 6:30 am y es noche aun, salgo del trabajo a las 16:30 y ya es de noche. Esta pesadumbre por el invierno, no es no haberme acostumbrado, es haberme integrado, casi totalmente. Ahora como todos me quejo del invierno y lo que se viene, aclarando que claro algunos días cuando sale el sol y hay nieve (que son los menos) puede ser muy bello. Indeed, puede ser bello, pero como muchas cosas bellas, estos días vienen en cuentagotas.
Hoy me estuve acordando de mi llegada a Berlín, el 6 o 7 u 8 de abril del 2008. Del mal humor de la empleada que controla el scanner, de su mal inglés, de mi cansancio, de que a pesar de ser primavera había una tormenta de nieve. Fue una bienvenida inhóspita. Llegamos a Berlín a un dpto que habíamos alquilado por 3 meses, a subir tremendas maletas al 5to piso, sin ascensor. A ir al día siguiente a dejar las muestras de plasma de Fermín a un laboratorio en las afueras de Berlín, en medio de la nada (esto para poder traer a Fermin a Berlín). Al día siguiente de eso ir al seguro médico para inscribirnos y no encontrar la dirección y caminar bajo la lluvia (teníamos que cuidar el dinero y subirnos al taxi era impensable) y llegar empapados a la oficina del seguro y sentirme miserable. Y al día siguiente de la oficina del seguro A. se enferma con algún virus y tuve que llamar a un médico de emergencia, que resultó ser un potosino, que resulto tener mal humor y no dirigirme casi la palabra cuando yo ingenuamente alegre le dije que era de Bolivia. Y esa noche buscar una farmacia de turno y no saber como funciona la numeración de las casas (no funciona como uno pensaría que si se está frente al n°1 es cuestión de caminar recto hasta encontrar el 100, no, así no funciona aquí) y no encontrar la dirección y caminar quien sabe cuanto de noche. Y no entender nada, ni una palabra de alemán. Y sentirme miserable, todo el tiempo.
Y sin embargo todo pasa, y puedo decir que con todo y todo estoy feliz aquí, con unas ganas de enorme de seguir abrazando la vida, de respirar, de escuchar mi corazón latir, de sentir amor, de emocionarme, de mirar todo con los ojos bien abiertos. A pesar de este invierno y los que se vienen.
Hoy me estuve acordando de mi llegada a Berlín, el 6 o 7 u 8 de abril del 2008. Del mal humor de la empleada que controla el scanner, de su mal inglés, de mi cansancio, de que a pesar de ser primavera había una tormenta de nieve. Fue una bienvenida inhóspita. Llegamos a Berlín a un dpto que habíamos alquilado por 3 meses, a subir tremendas maletas al 5to piso, sin ascensor. A ir al día siguiente a dejar las muestras de plasma de Fermín a un laboratorio en las afueras de Berlín, en medio de la nada (esto para poder traer a Fermin a Berlín). Al día siguiente de eso ir al seguro médico para inscribirnos y no encontrar la dirección y caminar bajo la lluvia (teníamos que cuidar el dinero y subirnos al taxi era impensable) y llegar empapados a la oficina del seguro y sentirme miserable. Y al día siguiente de la oficina del seguro A. se enferma con algún virus y tuve que llamar a un médico de emergencia, que resultó ser un potosino, que resulto tener mal humor y no dirigirme casi la palabra cuando yo ingenuamente alegre le dije que era de Bolivia. Y esa noche buscar una farmacia de turno y no saber como funciona la numeración de las casas (no funciona como uno pensaría que si se está frente al n°1 es cuestión de caminar recto hasta encontrar el 100, no, así no funciona aquí) y no encontrar la dirección y caminar quien sabe cuanto de noche. Y no entender nada, ni una palabra de alemán. Y sentirme miserable, todo el tiempo.
Y sin embargo todo pasa, y puedo decir que con todo y todo estoy feliz aquí, con unas ganas de enorme de seguir abrazando la vida, de respirar, de escuchar mi corazón latir, de sentir amor, de emocionarme, de mirar todo con los ojos bien abiertos. A pesar de este invierno y los que se vienen.


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