El hombre que habla con cuervos
Caminado 15 minutos de mi casa puedo llegar a una parte por donde pasa el río. Aquí puedo bajar hasta el río y caminar un trecho por su orilla, acercarme y observar a los patos que parecen permanecer todo el año aquí. Al menos creo que son los mismos. En primavera se los ve en parejas y luego la población crece. Y ahora en el inicio del invierno hay también cisnes, jóvenes cambiando sus plumas y volviéndose blancos. Y todos nadan, se deslizan, flotan, chapotean, se dejan llevar por la corriente en este estrecho trecho de río.
Ahora también hay cuervos. Ya había una vez escrito el otoño o invierno pasado, que aquí me llaman la atención los cuervos; luego vino el verano y descubrí que los cuervos se van de la ciudad y están en los campos sembrados de cereales. Pero ya estamos a finales del otoño y han vuelto.
Me gusta esta parte del río, no tiene en sí nada de espectacular – como una vez una colega me dijo refiriéndose al paisaje danés: “no necesito lo espectacular” - pero para mi sí tiene algo de magia, está entre dos puentes, el agua es clara, están los patos y los cuervos. Y además está el hombre que habla con los cuervos, o el encantador de cuervos, o Krabat, o alguien salido de Harry Potter. No sé si es un ornitólogo, un homeless, o simplemente alguien quien como a mi le gustan los cuervos.
Es la segunda vez que lo veo. La primera vez estaba él solo (y yo con Fermin mirando, a la distancia) y a su lado, a su alrededor estaban dos cuervos con quienes realmente se estaba comunicando.
Les hace una seña con la mano, indicándoles una dirección y los cuervos reconocen, conocen esta señal y se aproximan, uno caminado, el otro sobrevolando o una mezcla de ambas acciones, en la dirección que él indica. Una vez los cuervos se dirigen allí, él se acerca también en esa dirección y les deja algo de comida, que no llego a ver qué es.
En otro momento les dice algo, aunque aun no me acerco tanto para oír, y los cuervos parados frente a él, sus cabezas alzadas mirándolo, lo escuchan con atención. Y luego les vuelve a señalizar caminos.
El segundo día, ayer para ser precisa, estaba con A. y Fermin en el rio, y veo que por la otra orilla viene caminado un hombre alto seguido por dos cuervos que revoloteaban siguiéndolo. Sus pasos son largos, sus gestos más amplios que el día anterior, desde el puente peatonal les hace señas, los cuervos siguen su dirección. Son las 15.30, el sol está comenzando a quererse ir y en medio del puente está este hombre de paso firme, de gestos seguros pero calmados, y sus dos cuervos. Es una imagen que tiene algo de sobrecogedora.
Se detienen en el puente, se comunican, él les habla, ellos graznan, siguen camino al pequeño prado, y continúan con su juego de gestos, palabras, direcciones.
A. y yo lo miramos maravillados. Solamente el frio nos hace caminar en dirección a la casa y dejamos a nuestra espaldas a este hombre y sus dos cuervos.
Hay mujeres que danzan con lobos, y hay también entonces hombres que hablan con cuervos.

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