Huérfanos de Fermin

El 21 de junio marca el inicio del verano en el hemisferio norte, es el día más largo, la noche más corta. Es en este día que Fermín, después de haber llegado hace 12 años y 9 meses a nuestras vidas, decidió irse.

Mi departamento da a un camino de arboles, un sendero que rodea la parte antigua de la ciudad; es aquí donde todos los días, tres veces al día paseábamos con Fermín, y fue ahí a los pies de un árbol, que puedo ver desde mi balcón, que cayó y se fue. Fue rápido, cuestión de minutos y yo estaba con él. Como me dijo un amigo, así debería uno morirse: rápido, en un lugar bonito, y con la persona que uno ama al lado.

Fermín estaba viejito, ya casi 13 años, sus patitas traseras estaban cada vez más débiles, caminaba lento, había perdido algunos dientes, y estaba sordo. Pero a la hora de comer, a la hora de salir a pasear, cuando Axel o yo llegábamos a casa, era aún capaz de dar vueltas de alegría; también podía ladrar muy fuerte cuando su comida no estaba servida al segundo, o cuando era hora de hacerle su juego preferido, o darle su golosina de carne seca. No estaba enfermo, estaba solamente viejito. Sé que la forma en que se marchó ha sido lo mejor para él, no hubo tiempo para que su deterioro físico le afectara su calidad de vida.

Axel y yo presentíamos que Fermín no nos iba a acompañar mucho más, pero si  contábamos con 1 o 2 años más. Aunque al mismo tiempo teníamos miedo de verlo decaer, de que no pudiese caminar, y temíamos el momento de  tener que decidir dormirlo.  Sin embargo se fue ayer de repente, y hasta en eso fue noble al librarnos a nosotros de la decisión.

Axel y yo no nos conocemos sin Fermin, al conocernos Fermín ya estaba conmigo. Al inicio los dos no simpatizaron, Axel aprendió a querer a Fermín y Fermín decidió aceptar a Axel y luego quererlo. En las últimas semanas no quería desprenderse de nosotros; si salíamos a caminar los tres, y en medio del paseo alguno de nosotros tenía que irse, Fermín no lo aceptaba y se quedaba sentando en la calle, imposible moverlo. Así que en estas ultimas semanas tratábamos de salir siempre los tres. Cuándo  Fermín era joven él lideraba, siempre caminaba delante de nosotros marcando el ritmo y decidiendo la ruta; en este último tiempo iba detras de nosotros, a pasito lento y sin perdernos de vista.

La casa está tremendamente vacía, demasiado silenciosa. Me hacen faltan sus ronquidos al dormir (últimamente dormía mucho más), el tac, tac, tac de sus uñas en el piso, el suspiro que daba siempre que se acostaba en su cama. En la punta de mis dedos siento aún la suavidad de su cabeza, y extraño su olor, nunca tuvo mal olor y sus patas olían a pop-corn. Su presencia llenaba la casa, ahora es su ausencia. Fermín era mi sombra, entraba al baño conmigo, me acompañaba mientras cocinaba, y en las noches cuando mirábamos alguna película estaba siempre en el sofá con nosotros. Y todas las noches a eso de las 4 de la mañana me despertaba para que lo subiese a la cama, y se acostaba muy pegadito a mi.

Fermín tenía un tipo de pelaje que botaba pelos a montones, es así que en casa, por más seguido que limpiáramos, siempre habían pelos de él. Ayer en la tarde lavamos su cama, limpiamos sus cosas y las guardamos en una caja que por ahora está en el sótano. En cuestión de horas, la presencia física de Fermín despareció de la casa, y eso hace quizás su ausencia más dolorosa. Tanto espacio vacío. Hoy me puse a aspirar la casa, a cepillar los sofás, y con cada pelo de él que aspiraba su huella física iba despareciendo de nuestra espacio, de su espacio. Pero su presencia ocupa todo nuestro pensamiento y nuestro corazón está completamente resquebrajado.

Nos sentimos huérfanos, es difícil explicar, en vida teníamos más la sensación de que nosotros cuidábamos de Fermín, pero ahora que ya no está, sentimos que estamos solos, vulnerables. Es como si en realidad todo este tiempo nosotros le pertenecíamos, y él cuidaba de nosotros. Y ahora es como si tuviésemos que aprender a vivir los dos solos, a acostumbrarnos al silencio de la casa, a los rincones vacíos de él. Es una nueva etapa, la vida sin Fermín. Tendremos más flexibilidad con nuestro tiempo, podremos viajar, los fines de semana podremos dormir más tiempo, la casa seguramente estará más limpia. Pero a todo eso le falta ese amor incondicional, esa alegría vital que los perros tienen y que de alguna manera estructuraba nuestros días y nos inundaba de vida.

Fermín, como todos los perros, vivía en el presente. Siempre me maravilló como él, sin importar el clima o el día, se despertaba con alegría, feliz de ir a pasear por el mismo lugar, de recibir su desayuno, de su siesta matutina. Cada día de su rutina era para él una aventura nueva, aunque esta se repitiera día tras día. Actualmente hay libros, cursos, que nos intentan enseñar a vivir el presente, a estar en el aquí y ahora, en realidad tendríamos que aprender de los perros. Y ojala pudiésemos también aprender del amor incondicional, sin complicaciones, puro, que nos brindan. Nadie me va a dar esa mirada de amor, siempre, como Fermín me miraba, ni nadie estará tan feliz de verme otra vez, aunque haya subido 5 minutos a tender la ropa. Y este amor era mutuo, tanto de Axel como de mi, Fermín nos completaba. Pienso a cada momento cómo puedo honrar su vida, cómo puedo honrar su amor.

Casi 13 años de convivencia es bastante tiempo, y sin embargo la vida de un perro es demasiado corta. La vida de Fermín se nos hizo corta. Nos acompañó en muchos lugares y viajes, viajó en avión, en tren, en bus, en metro, en barco. Hace casi 2 años nos mudamos de Berlin a Göttingen, y en estos años en Göttingen Fermín dio muchos paseos por el bosque, libre, sin correa. Creo, estoy segura, que Fermín sintió que Axel y yo somos más felices en esta ciudad, o en todo caso que estamos en un momento de tranquilidad y satisfacción en nuestra vidas. Y con su partida de ayer, es como si hubiese decidido que ya podemos seguir sin él, que nos dejó en buen puerto, que estaremos bien. Aunque para nosotros su ausencia se haga por momentos insoportable.




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