Adiós a Berlín

Aún no me lo creo. Me voy de Berlín. A partir del lunes comienzo a trabajar en otra ciudad y a mediados de agosto se van A. y Fermín también.

Han pasado 7 años y cada día, que cada día, cada hora siento una emoción distinta. O todas a la vez. Miedo, nervios, alegría, tristeza, nostalgia, entusiasmo, preocupación.

Cuando llegamos hace 7 años nos vinimos solamente con muchas maletas con ropa y algunas cosas pequeñas. Yo nuevamente dejé querencias, libros, muebles, objetos. Digo nuevamente porque ya lo he hecho varias veces, unas 4 o 5 veces. Sin embargo en Berlín acumulamos cosas, nos asentamos y aunque nunca pensamos que esta sería la ciudad donde envejeceríamos, nos acomodamos, nos pusimos cómodos.

Y ahora nos vamos así de repente. Desde fines de mayo es que supimos que nos vamos. Cuando comenzó este año no lo teníamos ni imaginado siquiera. Hay que tener cuidado con lo que uno desea. Hace ya un tiempo que quería un nuevo trabajo y siempre de alguna forma pensé que quería irme de Berlín. Y ahora lo tengo y me está costando irme.

Durante el día el corazón se me arruga. Ya comenzamos a despedirnos de amigos, que sé que seguirán cerca nuestro, pero ya no nos veremos con la frecuencia de ahora. Me da mucha pena dejar la tienda donde compramos todos los días pan, y cosas básicas de nuestra comida. Sabemos que extrañaremos también a la veterinaria de Fermín, y nos vamos con la sensación de que no conoceremos veterinaria mejor. Mi médico con su humor seco y su mirada por encima de sus lentes. Rixdorf, con sus casitas. Mi gimnasio. Mi departamento con sus ventanas donde entra el sol en las tardes, con nuestro propio caos y donde cada rincón esta impregnado de nosotros.

Yo pensé que Berlín no me gustaba mucho. Y creo que no me gusta, pero le agarré  cariño a esta ciudad. Aquí viví procesos que me cambiaron la vida. Le debo a esta ciudad eso. Ahora me voy a la tan temida “provincia alemana”. Y me cuesta imaginarme como será mi vida en Göttingen.

En Berlín casi no hay berlineses, (bueno exagero un poco quizás), pero una gran parte de quienes viven en esta ciudad vienen de otras ciudades de Alemania, y ahora últimamente cada vez más está llena de los extranjeros de “primera clase”, los que no llegan por Lampedusa (italianos, norteamericanos, franceses, españoles, escandinavos, británicos – jóvenes, con aires de adultos con proyectos creativos). La ciudad más grande de Alemania es Berlín, y esta tiene unos 3 millones y pico de habitantes. Y aquellos que vienen de ciudades más chicas hacia Berlín, piensan que se han venido a vivir al centro del cosmos. Y tienen horror a sus ciudades chicas aburridas, limpias, ordenadas, “bürgerlich”. Sin embargo yo quiero eso ahora, se me antoja vivir en una ciudad limpia, ordenada, no importa si no pasa mucho. En Berlín tampoco pasa mucho si pienso en mi ritmo de vida. Qué es pasar mucho al final? Exposiciones, teatros, conciertos? Si, de eso hay, pero cuántas veces voy a estos?

Berlín es una ciudad para jóvenes (aquí seguro sueno como la vieja más rancia), para jóvenes que vienen de ciudades chicas y aquí se pueden pintar el pelo de colores, subirse con botellas de cerveza al metro, y sentarse en cafés con muebles sacados de un sótano y habitados por quien sabe cuantos bichos. Y sentirse diferentes. A mis 20s hubiera quizás amado está ciudad y me la hubiera pasado de fiesta en fiesta. Lo que nunca me gustó de Berlín es que “tries too hard” para parecer cosmopolita, cool, única, individual, alternativa, multicultural, especial.  Pero cosmopolita y multiculti Londrés o incluso la pequeña Amsterdam,  bella Viena o París. Berlín tiene lo suyo y lo suyo, creo yo, es otra cosa. Berlín puede ser inhóspita. Es una ciudad donde la historia sigue siendo el presente. Donde aun hay baldíos (cada vez menos). Es una ciudad que a veces a pesar de todo parece desolada. Con sus barrios que son como pueblos, cada uno con su carácter propio. Es una ciudad gris donde los cuervos graznan todo el invierno. Es una ciudad con muchos lagos y bosques y parques que parecen bosques. Y es a esa parte de Berlín a la que le agarré cariño, a la ciudad sin maquillaje, sin sus multitudes de turistas queriendo ver el muro y satisfaciendo una curiosidad malsana de querer ver todo sobre los nazis, sin entender las tragedias históricas que a esta ciudad le toco vivir.

Me voy de Berlín con sentimientos encontrados, aliviada de irme y no tener que subirme más al metro, ni ver sofás botados en las esquinas, ni soportar a los alcoholizados en el metro un sábado en la noche; pero me voy también extrañando ya a los afectos que nacieron y se enraizaron aquí.  Con todo y todo es como si Berlín hubiese sido un lugar de transito, de un transito que se hizo largo. Volveré? Dejaré siempre "una maleta en Berlín"? Quién sabe. Hace ya un tiempo que dejé de hacer planes.  En todo caso quedan todos los personajes que me acompañaron durante estos últimos años en el metro.



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