ser gorda

Me encontré en el facebook el artículo de Fabiola Gutiérrez Escobar „Ciudadana XXL“. No conozco a Fabiola, pero imagino que debe ser bastante más joven que yo y admiré lo escrito sobre todo por el valor. Creo que hay una generación de mujeres jóvenes que están teniendo el valor que yo o las de mi generación no tuvimos. Ojala hubiese tenido yo la fuerza del desafío. En todo caso Fabiola me animó a escribir.

Yo sé de lo que Fabiola escribe. No sé bien si comenzar por mi “final feliz” (y no, mi final feliz no es estar flaca) o por contar que yo también se de lo que ha sido ir a comprarse ropa y no encontrar nada o ser adolescente y encontrar solamente ropa de “viejas” y por eso terminar con jeans apretados y poleras (encima estoy hablando de Santa Cruz en los años 80 donde las opciones de comprarse ropa eran aun menores!). Y que la ropa que debía usar estaba en función de que me haga ver menos gorda: nada de rayas horizontales, o bolsillos en las caderas, o pantalones con  pinzas, o cuadros, o estampados muy grandes, o colores claros. De preferencia usar una túnica negra que me cubra de los tobillos a los pies, para esconder mi cuerpo. También sé, y algunos aun los tengo grabados, de los consejos “bienintencionados” de todos a mi alrededor sean conocidos o no tanto. Mi sueño en esa época cuando alguien me sugería alguna dieta o me decía “con tu cara tan linda...” , era decirle vayase a la m.. vieja de m.., pero yo solamente callaba. En esos tiempos nunca entendí porque todo el mundo podía opinar sobre mi cuerpo pero yo debía callar. Porque hubiese sido de mala educación contestar mal.

Creo que la primera vez que me pusieron a dieta tenía 7 años, y ni siquiera era una niña gorda, flaca no era, pero gorda tampoco (bueno es tan relativo eso del peso!). La brillante idea vino de una vecina nutricionista quien tenía hijas que parecían alfileres. Y creo que desde ahí hasta hace recién unos 3 años me sentí anormal, horrible, y crecí creyendo que mi vida no comenzaría,  hasta que no fuese flaca, y además por alguna de esas tablas absurdas de peso, crecí con la idea que (ya en mis 20s) debía pesar 50 kilos.

He hecho todas las dietas habidas y por haber, fui donde los médicos de turno en temas de dietas, tome laxantes, diuréticos, vomité. Maltraté mi cuerpo de mil maneras con el fin de adelgazar. Porque solamente si adelgazaba me iban a querer, iba a ser feliz, iba a ser bella, en fin mi vida iba a ser casi perfecta. Llegué una vez a pesar 53 kilos, supongo que estaría flaca, pero dio igual porque yo me sentía gordísima. Y esa época en la cual estuve más flaca es una de las peores de mi vida, aterrada de engordar, sintiéndome gorda de cualquier forma, y como todo esto me creaba tanta inseguridad, comía y comía, y para mantener los 53 kilos tenía que vomitar. Y cuando comía y vomitaba me odiaba más a mi misma, lo cual me llevaba a comer y volver a vomitar. Es una pesadilla a la decima potencia.

Las dietas no funcionan, son simplemente un buen negocio. Si las dietas funcionarán, bastaría con haber hecho una, una sola vez y listo, nadie hubiese podido crear industrias y enriquecerse alrededor de esto. Existe una cantidad enorme de los llamados profesionales de la salud quienes recetan pastillas para quitar el hambre, operan estómagos para achicarlos, amarran mandíbulas con fierros, hacen liposucciones que a veces terminan en muertes y quien sabe cuantas torturas más. Sin embargo ahí estamos las mujeres ( y actualmente cada vez más hombres) creyendo que la clave de la felicidad está en contar calorías, combinar alimentos, matarse de hambre y someterse a torturas físicas porque el premio será ser flaca.

El ser gorda no tiene nada que ver con fuerza de voluntad o ser floja o tonta. Creo que por un lado las personas somos diferentes, venimos con constituciones diferentes  y por lo tanto vamos a pesar siempre diferente ( y alguna vez este pinche mundo tendrá que aprender a vivir con la diversidad en todo sentido, o sino mejor que venga un meteorito y nos extinga). Por otro lado hay un problema con la comida que va más allá de la gordura. Hay una serie de trastornos que tienen que ver con la comida, y la gordura es apenas un síntoma de algo que yace muy profundo y que causa mucho dolor.  Yo no soy psicóloga, yo solo hablo de lo que  viví, de la adicción, del odio hacía una misma, de ver la comida como un enemigo mortal y al mismo tiempo no poder vivir sin ella.

Durante 36 años (si saco cuentas desde los 7 años hasta los 43, cuando termine terapia) viví pensando cada minuto de mi vida acerca de lo que comía, de como me veía, de que tenía que adelgazar. Que desperdicio! Cuanta energía gastada en algo tan absurdo! Ahora pienso en todo lo que hubiese podido hacer, en que hubiese podido disfrutar esos años más plenamente. Viví todos esos años como si hubiese una parte de mi cerebro que se las ingeniaba para el día a día, para estudiar, más adelante trabajar, hacer cosas, tener más o menos una vida social, etc. Pero había otra parte, secreta, que solo pensaba en calorías, dietas, ser flaca, sentirme gorda, ser infeliz.

Para una mujer gorda, Santa Cruz, quizás América Latina, es el infierno. Aún hoy cuando voy a Santa Cruz de vacaciones los primeros días quiero salir corriendo porque de lo único que escucho es de las dietas que todas, absolutamente todas, están haciendo o acaban de hacer. No me quiero imaginar la cantidad de mujeres que hay en Santa Cruz con algún tipo de trastorno alimenticio. Porque nadie que viva a dieta y obsesionada con el cuerpo puede estar sana.

En Alemania, al menos con la gente que conozco, hacer dieta nunca es un tema de conversación, y en Alemania siempre me sentí bastante normal (incluso ningún medico me dijo que tenía que adelgazar). Y aquí quiero hacer un comentario respecto a las tallas. Fabiola menciona en su artículo una Ley de Tallas en la Argentina. Yo estudié en la Argentina en los años 80, como buenas latinas las mujeres gauchas están obsesionadas con la delgadez y en esa época yo ni me animaba a entrar a las tiendas porque las vendedoras pesaban la que más 30 kilos. El año pasado estuve en Buenos Aires y entré a una tienda (porque ahora entro a tiendas y me gusta comprarme ropa) y vi que había ropa hasta la talla 56! pero cuando comencé a ver los tamaños de la ropa en si, algo no cuajaba. En Alemania oscilo entre una talla 40 y 42 (y eso en todas las marcas habidas y por haber), en Buenos Aires descubrí que allí soy una talla 50!!! Así que eso de la Ley de Tallas hay que tomarlo con pinzas.

Naomi Wolf en su libro “The beauty myth” trata el concepto de belleza como una construcción social cuyas normas son determinadas por una sociedad patriarcal. Ella argumenta que la presión de caber en este molde o concepto único de belleza es una herramienta de control hacía las mujeres. Al margen de la polémica que este libro en su momento desató, cuando lo leí comprendí muchas cosas y me sigue y seguirá asombrando de como las mujeres caemos como moscas ante esta trampa de la belleza. Porque encima todo esto están tan bien armado que las propias mujeres somos nuestras propias jueces y enemigas. Por lo general son las madres, tías, amigas, es decir otras mujeres, quienes nos están recordando que hay algo mal en nuestros cuerpos y que por lo tanto somos anormales. No soy madre, pero pienso que para una hija si esta siente que su madre no la acepta por la forma de su cuerpo, que peor rechazo que ese puede haber? Si el único amor incondicional es el de una madre y si sentimos que para nuestra madre no somos lo mas bello de este mundo, cómo no crecer odiándonos?

A los pocos años de llegar a Alemania, llegó un momento donde me dije que no podía continuar viviendo así. Si bien el primer año seguí haciendo alguna que otra dieta, decidí no hacerlo más y me prometí y juré que nunca más haría una dieta para adelgazar. Y  aunque ese fue un gran paso , y oh sorpresa para las que creen en las dietas, no engorde un gramo más cuando me di la libertad de escuchar a mi cuerpo (qué quería comer y cuándo), seguía sintiéndome anormal. Comencé a hacer terapia con una psicóloga especializada en el tema, y llegue agotada a su consulta, arrastrándome emocionalmente hablando, dispuesta a hacer todo, lo que fuese, no ya  para adelgazar, pero para quererme, para sentirme normal. Fueron 3 años de terapia, de los cuales me enorgullezco, porque esto me cambio la vida. Porque me quiero, porque me siento hermosísima, porque la comida dejó de ser el centro, porque mi felicidad no se basa en cuanto dice la balanza. Y veo mi cuerpo y lo quiero y lo cuido, porque es mio, absolutamente mio. Y solamente yo sé como cuidarlo.

Pero quedan secuelas de todo esto, hasta el día de hoy me cuesta saber que “tamaño” es mi cuerpo, a pesar de que me siento ya cómoda en él, no tengo noción de la proporción de este. Es decir no se que tan grande soy. Aun la palabra gorda, la encuentro incomoda. Porque durante mucho tiempo de mi vida esta era sinónimos de todo lo peor que una le podía pasar.  Que es ser gorda? Cuál es el limite? Lo que dice la balanza? Cómo la gente la percibe a una? Se es gorda con 67 kilos? Con 58? con 80? Quién define esto? Prefiero no pensarme en esos términos. No se si soy gorda o no, y tampoco importa. Basta con que yo me miré al espejo o simplemente en el día a día sienta que este cuerpo que tengo es perfecto (casi perfecto, por una rodilla con artrosis) porque es con este cuerpo que camino, respiro, pienso, amo, siento, vivo.

Y esta vez si va un vayase a la m... grande para quien se atreva a decirme que tengo que hacer dieta. Ahora me pongo lo que me da la gana, rayas horizontales, vestidos al cuerpo, estampados grandes, bolsillos en las caderas.

Y voy a cerrar aquí agradeciendo a Fabiola Gutiérrez por su valor, por hacerse oír.

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