Extraños lugares
Debo confesar que hay un lugar que me gusta.
En una sucursal de un banco tenemos una casilla, de esas donde se guardan cosas, que están detrás de una puerta blindada, de esas donde en las películas la gente guarda documentos extraños y piedras preciosas. Yo no tengo nada espectacular guardado ahí, solamente documentos y certificados.
Es un espacio pequeño, casi cuadrado, con una silla y una pequeña mesa adosada a la pared. Las paredes están cubiertas por las casillas, numeradas, impecables. El sitio no huele a nada. Tiene una luz fría que no produce sombras. No se escucha nada. Una vez adentro, la puerta se cierra y de afuera nadie puede abrirla (a no ser claro alguien del banco – sino me daría claustrofobia).
Cada vez que entro ahí, cuando la puerta se cierra, sé que estoy sola, respiro y creo que debe ser uno de los sitios que más tranquilidad me da. Es un espacio tan neutral, tan sin estímulos que no hay distracciones. Estar ahí dentro es como tener la mente en blanco. Cuando voy tengo la fantasía de que me siento en la silla y simplemente me quedo ahí, hasta que me den ganas de irme. No lo hago, pero sí me demoro más de lo necesario.
Es como si en ese lugar el tiempo se detuviera, como si no estuviera en ningún lugar.
Una vez le comenté a alguien que me imaginaba mis sentimientos como una cómoda con muchos cajones, todos perfectamente ordenados, cada cosa en su lugar. Este espacio es así. Este lugar me gusta.
En una sucursal de un banco tenemos una casilla, de esas donde se guardan cosas, que están detrás de una puerta blindada, de esas donde en las películas la gente guarda documentos extraños y piedras preciosas. Yo no tengo nada espectacular guardado ahí, solamente documentos y certificados.
Es un espacio pequeño, casi cuadrado, con una silla y una pequeña mesa adosada a la pared. Las paredes están cubiertas por las casillas, numeradas, impecables. El sitio no huele a nada. Tiene una luz fría que no produce sombras. No se escucha nada. Una vez adentro, la puerta se cierra y de afuera nadie puede abrirla (a no ser claro alguien del banco – sino me daría claustrofobia).
Cada vez que entro ahí, cuando la puerta se cierra, sé que estoy sola, respiro y creo que debe ser uno de los sitios que más tranquilidad me da. Es un espacio tan neutral, tan sin estímulos que no hay distracciones. Estar ahí dentro es como tener la mente en blanco. Cuando voy tengo la fantasía de que me siento en la silla y simplemente me quedo ahí, hasta que me den ganas de irme. No lo hago, pero sí me demoro más de lo necesario.
Es como si en ese lugar el tiempo se detuviera, como si no estuviera en ningún lugar.
Una vez le comenté a alguien que me imaginaba mis sentimientos como una cómoda con muchos cajones, todos perfectamente ordenados, cada cosa en su lugar. Este espacio es así. Este lugar me gusta.

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